Recuerdo que cuando niña vivía en un apartamento en La Soledad, en realidad no habría aún cumplido los 3 años cuando esto, y curiosamente mi cuarto era justo el que daba al lado de la calle, mientras el de mis papás era el que estaba al interior. Mamá me tenía un “fantástico” edredón de PAYASOS que hacía juego con las “fantásticas” cortinas (y léase en tono irónico porque en verdad no sé de dónde sacó ese gusto tan malo si ella en general tiene buen gusto, jajaja). Y todas las noches a través de la ventana se colaba entre los payasos una lúgubre sombra y yo sentía iba a ser devorada por el monstruo o alguno de ellos tomaría vida, gracias a la oscuridad, para atacarme. La bendita sombra era la proyección que daba un poste de luz a un árbol que estaba justo frente a mi cuarto.

JA! Y para completarla, adivinen ¿dónde iba a parar Martha Cecilia cada vez que era castigada? Efectivamente a ese cuarto, que aunque lleno de juguetes estaba también lleno de miedos.

Y esa fascinación de mamá por los payasos hizo que mi tercer cumpleaños fuera celebrado con una fiesta de disfraces… y a mí, ¿a que no adivinan de qué me disfrazaron? Pues sí, de payasa. Y parece ser que todo iba bien al menos con el vestido, ese nunca fue un problema. Colores blanco, azul y rojo hacían que se viera hasta llamativo, aunque extraña y curiosamente parecidos a los que colgaban en mi cuarto.

El problema resultó cuando mi adorado abuelo me mostró al espejo cómo había quedado mi maquillaje: ¡MADRE SANTA, DIOS MÍO! Ese monstruo había logrado su cometido que no era devorarme sino convertirme en uno de esos extraños dibujos que colgaban en las cortinas y reposaban en mi cama. Faltaba nada más que me pusieran unas cuerdas en las manos y pies, pues hay que aclarar que además de ser payasos, eran marionetas de payasos.



Créanme cuando les digo que esa imagen me acompañó hasta incluso cuando me casé, pues las cortinas y el edredón, que resultó gemelo de otro (seguro el de repuesto), se las pusieron mis abuelos en la alcoba de las niñas que nos prestaban el servicio. Siempre les tuve compasión por ello.



Y por mi parte no hasta hace mucho procuraba evitar cualquier payaso que me encontrara en la calle… aunque gracias al Circo del Sol hoy los veo con benevolencia y hasta con admiración que ya pueden sacarme una gran carcajada… pero de lejitos, ¿ehh?

¿Y todo este cuento a qué viene?

Dictando una de mis charlas de ángeles terminé hablando de la oscuridad, del miedo. Y recordaba que desde el hombre primitivo vemos la noche y sus sonidos como el momento más terrorífico que podemos atravesar. No en vano las historias de “brujas”, espíritus malévolos y todo cuento de terror se desenvuelve en la noche.

Pero no podemos evitarla, pues es parte del ciclo de la tierra. Y no necesitamos evitarla, porque en la noche es cuando nuestro cuerpo puede entrar en modo de descanso para repararse… y aquellos que hemos trabajado en desarrollo de proyectos creativos sabemos que la noche es una gran aliada para que la imaginación y la creatividad se nos dispare. Y definitivamente he encontrado que reflexionar y meditar en la noche es fantástico porque estamos en condiciones de mayor apertura para entregarse y recibir.

Pero es inevitable que como humanidad veamos a la noche y su oscuridad como una “enemiga” en la que no sabemos qué depredadores están en nuestro acecho. Y si el depredador no existe, somos capaces de traerlo con nuestra imaginación, como hice yo con el árbol y los payasos.

La oscuridad es simplemente ese momento por el que debemos atravesar y confiar, tener fe y reconocer que estamos a salvo y que llegará el momento en que volvamos a estar cobijados por la luz. No hay nada de malo en ella, en realidad es nuestra aliada que nos ayuda a ver cuáles son nuestros más profundos miedos para sanar. La trampa aquí está en que nos quedemos viendo las proyecciones como algo real, en lugar de buscar la luz que nos está enseñando esas proyecciones, como en el mito de la caverna de Platón…

Y como buscadora incansable de LA VERDAD, me atrevo a ver LA LUZ… pero mientras me acostumbro a ella aún cierro los ojos para evitar estar encandelillada y acostumbrar a mis ojos paulatinamente a ver con mayor claridad; sigo llena de miedo y aún sin poder ver en su totalidad ni la luz, pero ya tampoco la sombra… reconozco algunas proyecciones y otras aún ni siquiera se me han presentado de manera consciente. Duele, duele ver la luz, los ojos no están acostumbrados a ella… pero prefiero que duela ahorita y seguir trabajando para poderla ver en su totalidad y esplendor que quedarme en un mundo inexistente lleno de sombras y miedo. 



Entre tanto me consiento… hasta poder ver bien en esta primera estación para continuar avanzando de manera firme. Y sé también tendré momentos en que regrese a mi cuarto lleno de payasos y sombras terroríficas de árboles pero ya tendré un poco más de experiencia, y esas figuras cada vez más estarán borrosas porque mis ojos ya no son los mismos… dejará de ser mi lugar de terrorífico refugio aunque cada vez que sienta debo ser “castigada” sé que allí me encontraré hasta que finalmente reconozca que no tengo culpa de absolutamente nada y pueda así realmente adaptarme en la totalidad a ese gran Resplandor.

Todo está bien, simplemente abrazaré la oscuridad para reconocer dónde está la LUZ y caminar hacia ella hasta lograr alcanzarla.

Por ahora estoy en mi cuarto de payasos, disfrazada de payasa y observando las sombras, al menos ya van saliendo algunas carcajadas mientras reconozco algunos de mis más profundos miedos.

Y sé que tú que estás leyendo esto también lo estás viviendo, a tu manera, en tu caverna. Todo siempre es perfecto mientras busquemos la LUZ en todo momento. A la oscuridad no se le huye. Se le abraza y se le reconoce, se le observa para ver dónde está ese rayito entrando para darnos la salida.

Con amor,

Tuchi

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